Fomentar la autonomía en casa: Por qué importa y cómo acompañarlo con cariño

Este artículo explora por qué favorecer la autonomía infantil desde la crianza respetuosa fortalece la confianza, la motivación, la competencia y el sentido de pertenencia. A través de una mirada basada en la Psicología del Desarrollo, la Teoría de la Autodeterminación y la Disciplina Positiva, se explica por qué acompañar sin sobreproteger ni exigir en exceso permite que niñas y niños crezcan sintiéndose capaces y en conexión con su familia. Una lectura que invita a reflexionar sobre el equilibrio entre cuidar y dejar hacer, entre guiar y confiar.

Garazi Gainzarain

10/29/20256 min read

a little girl standing in front of a shelf filled with dishes
a little girl standing in front of a shelf filled with dishes

Fomentar la autonomía en casa: Por qué importa y cómo acompañarlo con cariño

La autonomía se aprende a base de pequeñas oportunidades: tareas reales, decisiones con límites y la posibilidad de equivocarse sin que eso signifique castigo ni abandono. A menudo encontramos en las aulas y en consulta familias que temen que sus hijas e hijos hagan las cosas por su propio pie: miedo a que se equivoquen, a que se olviden algo, a que se sobrecarguen de tareas... Pero olvidamos que, cuando las niñas y los niños participan en la vida de casa y en su propio autocuidado, no solo nos ayudan: practican habilidades, ganan seguridad y sienten que pertenecen.

¿Por qué es importante fomentar la autonomía?

Dar responsabilidades adaptadas a la edad —desde recoger un juguete hasta preparar una merienda simple— favorece la sensación de competencia, la capacidad para resolver problemas y el sentido de pertenencia a la familia. Un estudio con muchos participantes y realizado a lo largo varios años mostró que niños y niñas que realizaban tareas de casa en edad temprana tenían después mayor autopercepción de competencia, conducta prosocial y autoeficacia (White, DeBoer & Scharf, 2019).

Además, según investigaciones recientes, implicarse en tareas cotidianas parece estar relacionado con mejoras en las funciones ejecutivas —planificar, mantener información en mente y controlar impulsos— (Tepper et al., 2022). Las funciones ejecutivas nos permiten organizar nuestras acciones para dirigirnos a las metas que nos proponemos, son básicas a la hora de estudiar, puesto que favorecen la atención, la concentración y el control inhibitorio. Nos ayudan en la toma de decisiones y en la regulación emocional.

La Teoría de la Autodeterminación (la SDT a la que ya hicimos referencia en la entrada sobre el sentido de pertenencia) añade el marco teórico: cuando en casa se satisfacen autonomía, competencia y relación, la motivación y el bienestar aumentan. Es decir, permitir elección (dentro de límites), ofrecer tareas donde puedan mejorar y mantener la conexión afectiva facilita un desarrollo más sano (Ryan & Deci, 2000). Por ello, también estamos fomentando el vínculo familiar, el desarrollo de un autoconcepto y autoestima adecuados y la motivación por aprender y querer hacer las cosas cada vez mejor. Por otra parte, las rutinas familiares —comidas compartidas, repartir tareas o rituales— crean predictibilidad y repetidas oportunidades para colaborar. Esto satisface la necesidad de relación (vínculo familiar y pertenencia al grupo) y fortalece la motivación y el bienestar (Ryan & Deci, 2000). Incluir tareas domésticas con sentido (no como castigo) transmite que cada persona aporta y su ayuda tiene valor, lo que refuerza la pertenencia y el orgullo familiar (White et al., 2019).

En sentido contrario, la sobreprotección parental —lo que a menudo llamamos “helicopter parenting”— se ha asociado con más ansiedad y menor sensación de autoeficacia en niños y adolescentes, por lo que impedir que hagan las tareas del hogar o de autocuidado que en realidad por edad sí que son capaces de hacer tiene costes emocionales potenciales (Vigdal & Brønnick, 2022).

Errores seguros: por qué dejarles fallar a pequeña escala mejora el aprendizaje

Pero, ¿qué pasa si se equivocan? Muchas veces escuchamos en consulta afirmaciones de familias como: "Es que siempre se olvida el bocadillo", "Si le dejo que se duche solo no se lava bien el pelo", "Tengo que hacérselo todo yo porque, si no, tardamos demasiado y me pongo de los nervios".

Permitir pequeños fracasos controlados y luego ofrecer enseñanza es una estrategia muy potente. La investigación sobre Productive Failure muestra que plantear problemas antes de dar la instrucción —aunque las niñas/os no los resuelvan al principio— facilita una comprensión más profunda y mayor persistencia cuando se les enseña después (Kapur, 2008). En casa esto se traduce en dejarles intentar tareas aunque preveamos que no van a salir tan bien como quisiéramos (abotonarse, atar cordones, preparar su mochila, poner la mesa), acompañando la experiencia con guía e información concreta sobre cómo lo han hecho desde el absoluto respeto (no vale echar la broca si no ha salido bien). Así, la persona adulta pasa de “solucionadora” a guía, lo que favorece la autonomía y la capacidad para resolver problemas por sí mismos (Kapur, 2008).

La autonomía se construye cuando las niñas y los niños tienen oportunidades reales para intentar, fallar y volver a intentar con acompañamiento seguro: esos errores inoportunos (pero controlados) y las consecuencias naturales de sus actos funcionan como información valiosa que les permite ajustar su conducta y aprender por sí mismos. La Disciplina Positiva añade un matiz práctico: usar consecuencias naturales (ojo, solo cuando son seguras y proporcionales) en lugar de castigos convierte el fallo en una lección concreta y mantiene la conexión afectiva, porque la persona adulta acompaña, no castiga ni resuelve todo por ellos (Nelsen, 2006).

Cuando las niñas y los niños crecen en entornos donde el error se entiende como una oportunidad para aprender, y no como algo que hay que evitar o castigar, desarrollan una autoimagen más sana y flexible. Desde la Disciplina Positiva, se subraya que los errores son una parte natural del aprendizaje y que nuestro papel como referentes no es evitarlos, sino acompañar con respeto y curiosidad: “¿Qué podemos aprender de esto?” (Nelsen, 2006). Este enfoque protege frente al desarrollo de una personalidad perfeccionista o autoexigente, ya que el mensaje no es “solo valgo si lo hago bien”, sino “soy valiosa aunque esté aprendiendo”. Estudios en psicología del desarrollo muestran que los estilos parentales basados en la crítica o la sobreexigencia se asocian con mayor ansiedad, miedo al fracaso y perfeccionismo desadaptativo (Frost et al., 1990; Flett & Hewitt, 2002), mientras que un acompañamiento cálido y centrado en el esfuerzo se vincula con una autoestima más estable y resiliencia ante los errores (Haimovitz & Dweck, 2016). Por eso, cuando tratamos los fallos como parte del proceso, no solo fomentamos autonomía: ayudamos a que crezcan con menos miedo a equivocarse y más confianza en su capacidad de mejorar.

Cómo acompañar: enseñando a resolver los problemas

Este proceso enseña resolución de problemas, aumenta la responsabilidad y refuerza el vínculo porque se vive como trabajo en equipo, no como imposición:

  1. Conectar primero (empatía): "¿Cómo te sientes?, “Veo que te enfadas; es normal.” — conectar antes de enseñar.

  2. Ayudar a describir y analizar: Sin juzgar: “¿Qué ha pasado?”, “¿Por qué crees que ha pasado?” — evitar etiquetas.

  3. Lluvia de ideas sobre soluciones, por ambas partes, sin críticas y elegir una solución: probar, ofrecer alternativas y dejar nuevo intento: "¿Qué podríamos hacer ahora?", "Vale, vamos a probar así".

  4. Aprender de la consecuencia: “¿Cómo lo haremos la próxima vez?”. Permitir el intento.

Acompañar el desarrollo de la autonomía no significa dejarles a su suerte, sino confiar en su capacidad de aprender mientras permanecemos cerca. Cada intento, cada error y cada logro son pasos en la construcción de su autoconfianza y su sentido de competencia. Cuando el hogar se convierte en un espacio donde se puede fallar sin miedo y volver a intentar con apoyo, se fortalece el vínculo y el sentido de pertenencia: “estás aprendiendo, y aquí estoy contigo”. Cuando fomentamos la autonomía, pronto notaremos que muestran orgullo por las tareas hechas y ganas de ayudar, porque sienten que aportan y son parte del grupo familiar; persistencia, cuando vuelven a intentarlo tras fallar — ya que el ensayo-error fortalece la comprensión y la resiliencia, y capacidad para manejar pequeños contratiempos con más calma y proponer soluciones.

Referencias