Obediencia o cooperación: ¿Qué estamos enseñando realmente?

Cuando queremos que niños, niñas y adolescentes "hagan caso" estamos hablando de obedecer las órdenes que las personas referentes les enviamos. Pero desde la crianza respetuosa y la disciplina positiva, le damos otra vuelta: buscamos que cooperen en el bienestar común de todos los miembros de la familia o del grupo clase. Para ello, es importante que sientan seguridad dentro del grupo, aceptación, validación y aprobación: que sus necesidades de pertenencia, significado y autonomía estén cubiertas.

Garazi Gainzarain Martínez

2/21/20266 min read

person holding green flower bud
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Obediencia vs autorregulación: ¿qué estamos enseñando realmente?

No existe forma respetuosa de obligar a alguien a obedecer. Lo único que podemos hacer es crear las condiciones para que quiera cooperar.

Esta frase, aunque incomode, cambia completamente el punto de partida. Educar no es conseguir obediencia inmediata, es acompañar procesos de desarrollo. La pregunta importante no es cómo lograr que hagan lo que decimos, sino qué tipo de personas estamos ayudando a construir.

¿Estamos buscando que se autorregulen, piensen por sí mismas y actúen de forma adaptativa, o estamos buscando que obedezcan para que nosotras no nos desrregulemos? No queremos obediencia, queremos cooperación.

Pero la cooperación no nace del miedo, ni del control, ni del chantaje. Nace del vínculo, de la comprensión y de sentir que se tiene un lugar seguro dentro de la relación.

La obediencia puede conseguirse por imposición, pero la cooperación solo existe cuando se percibe que el lugar dentro del grupo de referencia (la familia o el grupo clase, en nuestro caso) es seguro y significativo: cuando sentimos que pertenecemos y tenemos una función válida en él.

Las bases de la cooperación: Autorregulación, pensamiento crítico y autonomía progresiva

Educar desde la crianza respetuosa es desarrollar capacidades internas en la infancia. Estas capacidades serán herramientas que se pondrán en práctica en la adultez frente a diferentes situaciones.

Cuando hablamos de cooperación, lo que buscamos es el desarrollo de:

  1. Autorregulación: aprender a identificar emociones, impulsos y necesidades, y poder gestionarlos de forma progresiva.

  2. Pensamiento crítico: poder decir “no”, cuestionar, negociar, entender razones.

  3. Autonomía progresiva: asumir cada vez más responsabilidad sobre sí mismo/a, acorde a la edad y madurez.

Y todo esto implica algo que a veces incomoda: nuestros hijos e hijas no siempre estarán de acuerdo con nosotras, lo que supone reequilibrar y negociar las normas.

La línea fina: controlar conducta o enseñar a regularse

Existe una línea muy fina entre controlar la conducta desde el autoritarismo o enseñar autorregulación desde límites respetuosos.

Cuando lo que prima es el control, solemos recurrir (sin darnos cuenta) a castigos, amenazas o imposición sin explicación. Esto sucede a menudo cuando las personas referentes nos encontramos desbordadas, cansadas, sin recursos. Porque lo cierto es que todo eso funciona, pero a corto plazo. Sabemos que, a largo plazo, no se construyen en la persona las cualidades que queremos desarrollar. Pero nadie quiere que su hijo o hija aprenda a obedecer desde el miedo, a pesar de que la intención casi siempre es proteger, educar y hacerlo bien.

La cooperación no surge porque el niño/a “se porte bien”, sino porque existe una relación que lo hace posible y desde ambas partes se comprende la importancia de cumplir unas normas que garantizan el bienestar común.

Para que haya cooperación real, necesitamos dos movimientos complementarios:

Por parte de las personas referentes:

  1. Conciencia emocional.

  2. Autocontrol.

  3. Responsabilidad adulta sobre nuestra actuación VS lo que sentimos.

Por parte de la infancia y la adolescencia:

  1. Colaboración.

  2. Comprensión de lo que se espera de ellas/os.

  3. Posibilidad real de participar en decisiones.

Esto nos devuelve siempre al mismo lugar: para que en la infancia o la adolescencia se sienta seguridad en nuestro vínculo, debemos ofrecer sentido de pertenencia y significado.

Y aquí aparece el punto clave: para poder cooperar desde el vínculo y la comprensión, sintiendo pertenencia y significado, sus necesidades psicológicas básicas necesitan estar suficientemente cubiertas.

Las metas equivocadas

Muchas de las conductas que queremos “corregir” no son problemas en sí mismas, sino señales de necesidades no satisfechas, o como lo llama la disciplina positiva, las metas equivocadas.

Las más habituales suelen ser:

  1. Atención / conexión: necesidad de sentir validación, reconocimiento, ser importante para alguien.

  2. Poder / autonomía / elección: necesidad de influir en su entorno, de sentir que tiene voz y margen de decisión.

  3. Reparación / justicia: necesidad de que algo que dolió sea reconocido, reparado o validado.

  4. Capacidad / competencia / acompañamiento: necesidad de sentirse capaz, competente, y acompañamiento mientras se aprende.

Cuando miramos la conducta desde este lugar, la pregunta deja de ser: “¿Cómo evito esto?” y pasa a ser “¿Qué necesidad hay detrás?".

Y esto nos devuelve (otra vez) a la responsabilidad adulta: si queremos hijos e hijas que cooperen, no podemos centrarnos solo en cambiar su conducta. Tenemos que poner el foco en optimizar la relación para que la cooperación se sienta necesaria por ambas partes, de manera que se perciba como una manera de mantener un bienestar común dentro del grupo.

La cooperación no se impone: se construye cuando se siente conexión, escucha y validación. Y eso depende, en gran parte, de nuestra capacidad adulta para:

  1. Regularnos primero.

  2. Transmitir normas y límites de manera clara y firme, teniendo en cuenta su opinión y necesidad de elección.

  3. Sostener el vínculo incluso en el conflicto.

  4. Leer la conducta como comunicación, no como desafío.

Esto es liderazgo emocional, que empieza siempre en la persona adulta.

Ante todo, bajar la guardia y educar con amor y compasión

Hay que lograr la cooperación educando desde la compasión. Y para eso hay algunos puntos básicos a tener en cuenta:

1. Niñas, niños y adolescentes hacen lo mejor que pueden con el cerebro que tienen. Su sistema nervioso aún está en construcción. Muchas de las cosas que esperamos —control de impulsos, regulación emocional, pensamiento a largo plazo— no son neurobiológicamente posibles todavía, especialmente en la primera infancia.

2. Somos sus principales referentes de cómo funciona el mundo: cómo se gestionan los conflictos, cómo se ponen límites, cómo se repara el daño, cómo se trata a alguien cuando se equivoca. Somos responsables de ese aprendizaje a través de nuestro ejemplo. No se trata de hacerlo siempre de manera perfecta, pero sí de ser coherentes y rectificar cuando nos equivocamos.

3. Nos vamos a convertir en su voz interior cuando sean personas adultas: La forma en que hoy les hablamos será mañana la forma en que se hablen a sí mismos/as. Por eso importa tanto no solo qué límite ponemos, sino cómo lo ponemos.

¿Qué dice la evidencia científica?

La investigación en psicología del desarrollo y neurociencia coincide en que la autorregulación no se adquiere mediante la obediencia forzada, sino a través de procesos de co-regulación con figuras adultas sensibles y disponibles.

Los estudios sobre estilos parentales muestran que los enfoques basados en calidez emocional y límites claros se asocian con mejor ajuste emocional, mayor autoestima, mejores habilidades sociales y menos problemas de conducta que los estilos autoritarios centrados en el control. Asimismo, la teoría del apego y la teoría de la autodeterminación señalan que la cooperación genuina emerge cuando se satisfacen necesidades básicas de vínculo, autonomía y competencia, no cuando se imponen conductas desde el miedo o el castigo.

Conclusión

Educar desde límites respetuosos no va de hacerlo siempre bien, sino de mirarnos con honestidad, sin culpa, con responsabilidad y con cariño.

No se trata de criar hijos/as obedientes. Se trata de acompañar personas que algún día no nos necesitarán, para que sepan tomar sus propias decisiones, escucharse, respetarse y cuidarse. Que sepan por qué hacen las cosas que hacen, por qué merece la pena hacer ciertos esfuerzos, valoren el beneficio de las normas y sepan dónde está su límite.

Eso es autorregulación.

Referencias bibliográficas

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